Ensayo № 021 · Línea: Materia · 13 min de lectura
Quién es realmente OpenAI

Quién es realmente OpenAI

№ 021 · Materia 13 min

Cuando abres ChatGPT y haces una pregunta, no estás hablando con una IA. Estás hablando con el output sintetizado de una infraestructura corporativa que tu factura de la luz subvenciona aunque no lo sepas, que tu ahorro pensional financia aunque no lo elijas, y que ha pasado en diez años de organización sin ánimo de lucro fundada para «beneficiar a la humanidad» a Public Benefit Corporation con una participación de Microsoft valorada en torno a los 135.000 millones de dólares. La cara amable que te responde sobre cómo redactar un correo o cómo cocinar lentejas vive encima de una estructura que ninguna escuela de negocios ha modelado bien todavía y que probablemente está cambiando el coste de tu vida cotidiana sin que tengas forma de votar al respecto.

Hoy vamos a mirar despacio esa estructura. No con el tono de manual de uso, sino con el tono de la persona que paga el precio sin saberlo.

Cómo te afecta OpenAI aunque tú no la uses

Antes de entrar en estructura societaria, conviene una pregunta concreta. Si tú no eres usuario de ChatGPT, si no tienes suscripción de pago, si no usas la API, si en tu trabajo no entra IA generativa, ¿de qué manera te afecta OpenAI?

De varias maneras. Mira tu factura de la luz. En 2025 y 2026, los precios eléctricos en mercados cercanos a centros de datos están subiendo a velocidades anormales. En el mercado eléctrico PJM —el que va desde Illinois hasta Carolina del Norte y cubre más de 65 millones de personas— el coste de la capacidad se disparó en la subasta 2025-26, con los centros de datos como principal motor de la demanda nueva, según los análisis de IEEFA. Eso se traduce en facturas residenciales más altas para hogares de varios estados del mercado. Las personas que pagan esa subida no usan ChatGPT en su mayoría. Pagan porque viven cerca.

España no está en el mismo mercado eléctrico, pero el patrón de fondo es el mismo. La construcción de centros de datos compite por capacidad eléctrica con la demanda residencial, la industrial tradicional y la electrificación del transporte. El crecimiento de esa demanda industrial no se ve en titular, pero empieza a verse en presupuesto.

Mira el coste de los chips. La demanda de memoria de alto ancho de banda (HBM, la memoria específica que alimenta los aceleradores de IA) ha crecido con el ritmo de entrenamiento de los modelos grandes, y esa presión sobre la oferta de memoria tiende a transmitirse al precio del resto de productos que comparten cadena de suministro: portátiles, consolas, servidores. El consumidor que compra hardware paga, sin saberlo, parte de la factura de la carrera por el siguiente modelo.

Mira el coste del talento. La competencia por perfiles de ingeniería senior en IA tira al alza de los paquetes salariales del sector, porque los grandes laboratorios y los hyperscalers pujan por la misma gente con presupuestos que una empresa mediana no puede igualar. Esa presión recorre la curva hacia abajo: la empresa que necesita contratar ese perfil sube su coste, y ese coste acaba, por algún camino, en el precio del servicio que vende.

Mira la inflación general. Los analistas financieros llevan dos años discutiendo cuánto del capex anormalmente alto de los hyperscalers —Microsoft, Google, Amazon, Meta, todos invirtiendo simultáneamente cientos de miles de millones en infraestructura de IA— está alimentando una expansión monetaria sectorial que se transmite a otros precios. No hay consenso, pero la pregunta es legítima.

Y mira el riesgo financiero. Si la apuesta de OpenAI fracasa —si el crecimiento de ingresos no llega a sostener la valoración que hoy presupone Microsoft sobre su participación de unos 135.000 millones de dólares—, el ajuste pasará por los mercados de capitales globales. Tu fondo de pensiones, sea cual sea, probablemente tiene exposición indirecta a Microsoft. Tu ahorro está, en algún porcentaje pequeño, atado a que esto salga bien.

OpenAI no es una empresa que use solo quien la usa. Es una empresa que toca, vía precios eléctricos, costes de hardware, distorsión salarial, política monetaria sectorial y mercados de capitales, a varias dimensiones de la vida de prácticamente cualquier ciudadano del mundo desarrollado. Y eso es lo que importa antes de entrar en cómo está organizada por dentro.

El truco original de 2015

La historia que cuenta OpenAI de sí misma empieza en diciembre de 2015. Sam Altman, Elon Musk, Greg Brockman, Ilya Sutskever, Wojciech Zaremba, John Schulman y otros firman un manifiesto fundacional. El texto dice que crean una organización sin ánimo de lucro «para garantizar que la inteligencia artificial general beneficie a toda la humanidad». La intención declarada es liberar la investigación, evitar que un actor dominante monopolice la tecnología, mantener la apertura. La estructura jurídica acompaña: 501(c)(3), exenta de impuestos, gobernada por consejo, prohibida la distribución de beneficios. Filantropía.

Esa estructura duró cuatro años. En 2019, OpenAI anuncia la creación de OpenAI LP, un brazo capped-profit —beneficio limitado— controlado por la non-profit original. La justificación pública: entrenar modelos requiere capital privado que la non-profit no puede atraer. La justificación implícita: la non-profit no escalaba al ritmo que la carrera técnica exigía. Microsoft entra ese mismo año con una inversión inicial de mil millones de dólares y se convierte en proveedor exclusivo de infraestructura cloud.

Lo que estaba ocurriendo, traducido sin diplomacia: una organización fundada para evitar la concentración corporativa de la IA pasaba a depender estructuralmente del segundo hyperscaler del mundo. Lo que iba a ser abierto, se cerró. Lo que iba a ser distribuido, se concentró. Lo que iba a ser sin ánimo de lucro, montó un brazo for-profit con ánimo de lucro tasado. El manifiesto fundacional siguió en la web. La realidad operativa cambió.

El golpe de noviembre de 2023

Avanzamos hasta noviembre de 2023. El 17 de noviembre, el consejo de la non-profit OpenAI —que en teoría controla todo el conglomerado— despide a Sam Altman como CEO. La razón oficial, en el comunicado: «falta de candor en sus comunicaciones con el consejo». No se especifica más.

Cuatro días de caos. Microsoft, con 13.000 millones comprometidos y dependencia operativa total, anuncia que contratará a Altman y a quien quiera seguirle. Más de 700 de los cerca de 770 empleados de OpenAI firman una carta diciendo que renunciarán si Altman no vuelve. Los inversores presionan. En la noche del 21 al 22 de noviembre se anuncia el regreso de Altman como CEO. El consejo cambia. Los miembros que lo habían despedido salen. Entra un consejo nuevo más amigable a la dirección ejecutiva. La supremacía del CEO sobre la gobernanza queda blindada.

Aquí pasa algo interesante operativamente. La estructura jurídica seguía siendo, en papel, la de una non-profit controlando una capped-profit. En la práctica, el consejo de la non-profit acaba de demostrar que no puede ejercer su función teórica —despedir al CEO— sin que el ecosistema corporativo lo neutralice en una semana. La gobernanza fundacional, la que supuestamente garantizaba que OpenAI sirviera «a la humanidad» y no a sus inversores, queda demostradamente débil. Quien manda es el CEO con el respaldo de Microsoft. Quien firma es el consejo. La firma cuenta menos que el mando.

Y luego el final de la non-profit

El proceso de erosión del modelo fundacional culminó el 28 de octubre de 2025. OpenAI completó su reorganización: la entidad operativa pasó a ser OpenAI Group PBC, una Public Benefit Corporation. Es una figura jurídica intermedia —corporación con propósito declarado de beneficio público pero estructurada para repartir beneficios— que abandona definitivamente la cobertura capped-profit y abre la puerta a una eventual OPV.

En esa reorganización, la participación de Microsoft quedó en torno al 27% (sobre base diluida), según el cómputo recogido por la prensa financiera. Sobre la inversión total comprometida —13.000 millones de dólares— esa participación se valoró en unos 135.000 millones, dentro de una valoración de OpenAI cercana a los 500.000 millones de dólares. Aun con el redondeo, el múltiplo sobre el capital comprometido es de los más altos registrados en la inversión corporativa moderna.

La frase del manifiesto fundacional sobre «beneficiar a toda la humanidad» sigue en algún lugar de la web. La estructura operativa, hoy, es la de una corporación de beneficio público con un accionista mayoritario tecnológico, valoración explosiva, propósito comercial declarado, y un CEO blindado contra su propia gobernanza original tras el episodio de 2023. Quien preguntara, en 2015, qué iba a ser OpenAI dentro de diez años, no podría haber acertado más que diciendo: «será una empresa».

La carrera hacia ninguna parte

Aquí toca preguntarse de quién es la culpa. Porque el proceso descrito no es resultado de una decisión malévola: es resultado de la dinámica competitiva del sector. Y conviene mirar a los protagonistas con cuidado para no caer en la fácil personalización.

¿Es culpa de Sam Altman? Parcialmente. Su gestión ha llevado a OpenAI desde una non-profit a una PBC con valoración astronómica, ha sido el motor de las rondas de financiación y ha pilotado el conflicto de noviembre 2023 a su favor. Pero Altman ejecuta una estrategia que cualquier CEO en su posición —con los inversores presionando, con la competencia de Google DeepMind y Anthropic en el cogote, con la opción de quedarse atrás o de acelerar— probablemente ejecutaría parecida.

¿Es culpa del consejo directivo? Parcialmente. El consejo original intentó frenar la deriva. Falló. El consejo actual coopera. Pero un consejo aislado no puede oponerse a una dinámica sectorial que viene de fuera de la propia empresa.

¿Es culpa de los inversores? Más. Microsoft, los fondos de capital riesgo, los inversores institucionales que han participado en las rondas posteriores —todos han presionado en una dirección consistente: maximizar valor, abandonar restricciones estructurales, acercarse a una OPV eventual. Sus incentivos son fiduciarios. Cada gestor responde ante sus partícipes. La estructura del capital empuja al CEO en la única dirección que la rentabilidad permite.

¿Es culpa de la competencia? Sí. La presencia de Anthropic, Google DeepMind, xAI, DeepSeek, Meta AI compitiendo simultáneamente por la misma frontera técnica obliga a OpenAI a invertir cantidades enormes en infraestructura para no quedarse atrás. Si OpenAI se hubiera mantenido como non-profit conservadora, alguno de los competidores habría ocupado su lugar. La estructura competitiva del sector no permite una sola empresa frenando.

¿Es culpa de la geopolítica? Bastante. La carrera Estados Unidos-China ha dado al sector frontier americano una cobertura política que prioriza velocidad sobre cautela. La administración estadounidense, desde 2023, ha incentivado el liderazgo nacional en IA. Cualquier intento de OpenAI de autorregularse contra el ritmo de la frontera tendría coste geopolítico.

Lo que emerge es una situación familiar en historia económica: una carrera hacia ninguna parte concreta, en la que cada actor optimiza racionalmente dentro de sus restricciones, y donde el resultado agregado es una concentración brutal de poder en muy pocas empresas, una dependencia infraestructural masiva entre ellas, un coste social difuso distribuido por toda la sociedad —en facturas eléctricas, en hardware, en salarios, en mercados financieros— y una promesa fundacional de «beneficiar a la humanidad» que se evapora porque ninguna estructura corporativa fue diseñada para resistir esa presión.

Lo que ChatGPT te devuelve

Cuando preguntas a ChatGPT, no preguntas a una IA. Preguntas a una infraestructura organizada por OpenAI Group PBC sobre servidores de Microsoft Azure. El cuadro de texto es la única pieza de toda esa máquina que está diseñada para que la veas.

La respuesta que recibes es legítimamente útil en muchos casos. Esto no es una crítica al producto. ChatGPT te resuelve tareas reales. Eso es cierto. Lo que también es cierto es que detrás del cuadro de diálogo hay una estructura cuya configuración real ningún usuario aceptaría si se la pusieran delante explícitamente como contrato: «¿aceptas que la empresa a la que vas a preguntar mañana las cosas haya pasado de filantropía a corporación con valoración billonaria en diez años, con un CEO blindado tras un episodio de gobernanza fallido, dependiente de un proveedor único de infraestructura?». Si la pregunta apareciera en la primera pantalla antes de aceptar términos, mucha gente lo pensaría dos veces.

No aparece. Aparece, en cambio, un campo de texto amable que te pide qué quieres saber.

Es interesante que el manifiesto fundacional de 2015 siga online. Se llama Introducing OpenAI. Habla de cómo crear «una organización de investigación sin ánimo de lucro» enfocada en «el desarrollo seguro de la inteligencia artificial general». Léelo hoy con la estructura de 2026 en la cabeza. Se lee como un documento histórico de una organización que ya no existe. Pero el nombre es el mismo. La marca es la misma. La url es la misma. Solo cambió todo lo demás.

Definiciones rápidas

  • Non-profit (501(c)(3)): organización sin ánimo de lucro estadounidense exenta de impuestos federales. Tiene prohibida la distribución de beneficios entre miembros, oficiales o directores. OpenAI Inc. fue fundada bajo esta figura en 2015.
  • Capped-profit: estructura híbrida con beneficios limitados a un múltiplo predefinido sobre la inversión. Diseñada para atraer capital privado sin abandonar formalmente la misión benéfica. OpenAI LP operó así entre 2019 y 2025.
  • Public Benefit Corporation (PBC): figura jurídica estadounidense que combina propósito comercial con beneficio público declarado. Permite distribuir beneficios y atraer capital sin restricciones estructurales. OpenAI Group PBC adoptó esta figura el 28 de octubre de 2025.
  • AGI clause: cláusula contractual entre OpenAI y Microsoft que limitaba el acceso de Microsoft a futuros modelos clasificados como AGI por la propia OpenAI. La reorganización de 2025 redefinió esta cláusula. Su contenido exacto sigue siendo objeto de negociación.

Referencias

  • OpenAI. Introducing OpenAI (2015). Manifiesto fundacional.
  • CNBC (28 de octubre de 2025). OpenAI completes for-profit restructuring; Microsoft takes ~27% stake. https://www.cnbc.com/2025/10/28/open-ai-for-profit.html
  • Fortune (28 de octubre de 2025). OpenAI for-profit restructuring and Microsoft's stake. Valoración de la participación de Microsoft (~27%, en torno a 135.000 millones de dólares sobre una valoración de OpenAI cercana a 500.000 millones). https://fortune.com/2025/10/28/openai-for-profit-restructuring-microsoft-stake/
  • IEEFA (2025). Análisis de la subasta de capacidad del mercado eléctrico PJM 2025-26 y del peso de los centros de datos en la demanda nueva. Fuente de la subida de la capacidad eléctrica en zonas próximas a centros de datos. https://ieefa.org/
  • Microsoft / OpenAI (2019). Anuncio de la inversión inicial de Microsoft de mil millones de dólares en OpenAI y del acuerdo de provisión exclusiva de infraestructura cloud. Recogido en la cronología de Wikipedia OpenAI. https://en.wikipedia.org/wiki/OpenAI
  • The New York Times (noviembre 2023). Cobertura del despido y restitución de Sam Altman.
  • Wikipedia. OpenAI y Removal of Sam Altman from OpenAI. Fundación (diciembre de 2015), nombres de los cofundadores, inversión de Microsoft de 2019 y cronología del episodio de gobernanza (regreso de Altman anunciado en la noche del 21 al 22 de noviembre). https://en.wikipedia.org/wiki/OpenAI
  • Hao, K. (2025). Empire of AI. Penguin.
  • Lehdonvirta, V. (2022). Cloud Empires. MIT Press.
  • Stanford HAI (2026). AI Index Report 2026. Sección sobre concentración corporativa.

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