Ensayo № 018 · Línea: Mente · 13 min de lectura
Humor y estructura mental. El chiste que la IA explica pero no se ríe

Humor y estructura mental. El chiste que la IA explica pero no se ríe

№ 018 · Mente 13 min

Pon delante de un modelo grande el chiste más viejo de la literatura mundial — el de la tablilla sumeria del 1900 antes de Cristo, sobre la mujer joven que no se ha tirado un pedo en el regazo de su marido — y observa qué pasa. La máquina lo explica. Habla del rol social, de la incongruencia con la vulgaridad corporal, comenta que el humor escatológico aparece en todas las culturas. Lo explica perfectamente. No se ríe. Probablemente tú tampoco. Y sin embargo entiendes el chiste, o crees que lo entiendes, lo cual es una afirmación bastante curiosa: si entenderlo no produce el efecto, ¿qué era lo que entendías?

Esta es la incomodidad que el humor introduce en cualquier definición de comprensión apoyada solo en el cerebro. La industria de la IA evita la pregunta porque la respuesta amenaza media docena de pruebas de evaluación.

Koestler y la colisión de dos planos

Arthur Koestler publicó The Act of Creation en 1964, un ladrillo de seiscientas páginas que casi nadie ha leído entero y del que casi todo el mundo ha citado tres ideas. La principal es la bisociación (asociación simultánea de un mismo objeto con dos marcos mentales que normalmente no se tocan). Koestler decía que cualquier acto creativo — chiste, descubrimiento científico, metáfora poética — funciona igual. Tienes dos marcos de referencia independientes, dos matrices mentales que rigen cada una su territorio sin estorbarse, y de pronto un único objeto pertenece a las dos a la vez. Las matrices colisionan. Esa colisión, según el contexto, produce risa, idea o emoción estética.

El chiste es el caso más fácil de ver. Empiezas un relato dentro de un marco — el marido, el regazo, la escena doméstica — y la última palabra te empuja a otro: el cuerpo, el pedo, la mecánica fisiológica. No abandonas el primero. Sostienes los dos a la vez durante un instante, y ese instante de superposición se descarga como risa. Koestler lo llama bisociación para distinguirlo de la asociación normal, que mueve la mente de un punto a otro dentro de un mismo plano.

La gracia, nunca mejor dicho, está en que la teoría es a la vez evidente y traicionera.

Evidente porque cualquiera que analice un chiste ve los dos planos. Traicionera porque explicar el chiste no produce el efecto. Es justamente lo que mata el chiste. Si tienes que explicarlo, ya no funciona. La estructura cognitiva está intacta y la mecánica se ha parado. Esto debería haber bastado, ya en 1964, para sospechar que la incongruencia es condición necesaria pero no suficiente. Sesenta años después seguimos sin resolverlo, y entretanto hemos construido máquinas que detectan incongruencias mejor que nosotros sin reírse jamás.

Las otras teorías y por qué juntas tampoco bastan

Antes de Koestler había tres maneras canónicas de explicar la risa.

Hobbes, en Leviatán (1651), decía que reímos por sentimiento súbito de superioridad: alguien tropieza, alguien queda en ridículo, y nosotros, al notar que no somos nosotros, soltamos la carcajada del que se sabe a salvo. Capta perfectamente la risa cruel, la del patio del colegio, la del meme que humilla. No capta la del chiste verbal sin víctima, ni la del bebé al que le haces cucú.

Freud, en El chiste y su relación con lo inconsciente (1905), proponía la teoría del alivio. El chiste libera energía psíquica reprimida — sexual, agresiva, social — burlando la censura del superyó. La risa es la descarga. Funciona para el humor escatológico, sexual o tabú; deja en penumbra el chiste matemático, el calambur (juego de palabras basado en la doble lectura de una secuencia de sonidos), el absurdo puro.

Bergson, en Le Rire (1900), añadió la teoría mecánica. Reímos cuando lo vivo se comporta como una máquina, cuando un cuerpo humano se vuelve rígido, repetitivo, automático. El cómico se cae siempre del mismo modo. La risa, decía Bergson, es la sanción social contra la rigidez. Capta la comedia física, la de Chaplin y Keaton, y se queda corto en todo lo verbal.

La violación benigna

La teoría más reciente, la violación benigna (benign violation) de McGraw y Warren publicada en Psychological Science en 2010, recoge un poco de todas. Algo es gracioso cuando viola una norma — moral, lógica, social, física — pero la violación es lo bastante inofensiva como para no producir alarma. Demasiado suave, sosa. Demasiado grave, indignación o asco. La gracia vive en una franja estrecha. La teoría es útil porque introduce explícitamente la dimensión afectiva: el chiste no es solo estructura, es estructura calibrada respecto a un umbral emocional que cada cultura y cada grupo fija de manera distinta.

Junta las cuatro y tienes una buena descripción funcional del humor. Lo que no tienes es por qué la descripción funcional produce risa en un cuerpo y no en otro.

La risa es del cuerpo, no del cerebro

Robert Provine se pasó años grabando risas reales en la calle, en bares, en oficinas, y publicó en 2000 Laughter: A Scientific Investigation. Su hallazgo principal fue antipático con todo lo que la psicología del humor había contado hasta entonces. Casi nadie ríe por un chiste. La inmensa mayoría de la risa cotidiana ocurre en respuesta a frases banales — «¿llegaste bien?», «te veo luego» — y opera como gesto social, pegamento del grupo, sincronización corporal entre presentes. Más cerca del ladrido coordinado de una manada que del juicio estético del crítico literario.

Provine documentó también lo que cualquiera sabe pero pocos toman en serio. La risa es contagiosa. Te ríes más cuando otros se ríen. Te ríes incluso de cosas que solo, en frío, no te harían gracia. La risa enlatada existe porque funciona, y funciona porque tu organismo está cableado para acoplar su musculatura facial a la del de al lado. La carcajada no es la verificación de un juicio. Es una conducta motora con función comunicativa, evolutivamente anterior al lenguaje.

Esto cambia drásticamente la pregunta.

No hay un módulo cognitivo del humor que detecte la incongruencia y mande la orden «reír». Hay un cuerpo en un grupo, con un sistema motor preparado para sincronizar carcajadas, y ese cuerpo se ríe cuando coincide la calibración interna con la externa. La incongruencia bien construida es el pretexto. El acoplamiento social es la causa. Por eso un chiste te hace gracia con tus amigos y deja de hacértela cuando intentas contárselo a tu padre. Por eso reír de uno mismo es difícil. Por eso, cuando dejas de reír con alguien, ya sabes que la relación ha terminado, mucho antes de que se haya pronunciado ninguna palabra.

El humor como pasaporte de grupo

Cuenta un chiste local en una mesa internacional. Solo dos personas se ríen. Acabas de marcar la frontera del grupo con una precisión que ningún cuestionario sociológico iguala.

Quien se ríe pertenece. Quien no, está fuera, y lo sabe en el mismo instante. El humor es, entre otras cosas, prueba de pertenencia. Reconoces la referencia, captas el matiz, te mueves en el código compartido. Si todo eso ocurre sin esfuerzo y además te hace gracia, eres del grupo. Si te lo tienen que explicar, no lo eres.

El humor como contraseña profesional

Por eso hay un humor de profesión — el de los médicos sobre pacientes, el de los programadores sobre código, el de los soldados sobre la muerte — que para los de fuera resulta incomprensible o directamente repugnante. No es que el chiste sea peor. Es que el chiste no es para ti. Está construido como contraseña. Reírse correctamente declara que llevas suficientes guardias, despliegues o cadáveres encima.

Cuando un chiste viaja demasiado lejos, deja de funcionar como inclusor. Se vuelve neutro, gris, infantil. La industria del entretenimiento masivo necesita producir esa neutralidad para vender a todos, y por eso la comedia internacional rebaja el humor al mínimo común denominador, donde nadie queda fuera y, exactamente por la misma razón, nadie queda dentro de nada.

Aquí entra la IA. Un modelo grande ha leído más chistes que ningún humano. Conoce el humor sumerio, el judío de Brooklyn, el de las trincheras, el de Twitter, el médico, el matemático. Todos. Sin filtro. Sin pertenencia. Sin grupo. Por eso, aunque pueda generar un chiste técnicamente correcto sobre cualquier tema, ese chiste nunca es de nadie, no marca frontera con nadie, y produce esa sensación inconfundible de plástico, de cosa pensada para no ofender. La IA no se ríe de los chistes que cuenta por la misma razón por la que un traductor profesional no se emociona con el poema en la duodécima lectura. Está demasiado dentro de la mecánica. Y, sobre todo, no pertenece a ningún grupo.

Lo que los grandes modelos hacen y lo que no

Hessel y Lee publicaron en 2023, en la conferencia ACL, un estudio honesto sobre comprensión del humor por modelos grandes de lenguaje (programas que generan texto entrenados con cantidades masivas de escritura humana, conocidos en inglés como LLM) usando el concurso de pies de viñeta de la revista The New Yorker. La conclusión, tras varios miles de evaluaciones, fue moderada. Los modelos rinden bien identificando qué viñeta corresponde a qué pie. Peor explicando por qué un pie es gracioso y los demás no. Y mal generando pies originales que un humano clasifique entre los divertidos. El patrón se repite en otros estudios de evaluación. El modelo capta la estructura, falla la calibración fina.

Lo que funciona en los modelos actuales es lo que era de esperar: estructura formal, calambures, paralelismos sintácticos, inversiones obvias. Lo que falla es lo que tampoco era difícil de prever — el ritmo, la elipsis exacta, la cantidad justa de información retenida, la cercanía al tabú sin caerse, la sorpresa real sobre fondo de expectativa real. El chiste vive en los márgenes y los modelos están entrenados, por construcción, para acudir al centro de la distribución estadística de las respuestas humanas. Le pides un chiste y te dan un chiste razonable. Un chiste razonable no es un chiste.

Hay un nivel más profundo que las pruebas de evaluación no tocan. Aunque mejorase el modelo, aunque pudiera generar pies indistinguibles de los del autor humano, seguiría sin reírse. La pregunta es si la risa importa. Si el humor fuera un módulo cognitivo, la risa sería un epifenómeno (efecto colateral que acompaña al fenómeno principal pero no forma parte de él): el cerebro reconoce la incongruencia, marca la casilla, y luego, opcionalmente, el cuerpo produce la respuesta motora. En ese mundo, una IA que detectara la incongruencia entendería el chiste plenamente, y no reírse sería un detalle de implementación.

Pero los datos de Provine sugieren otra cosa. Sugieren que la risa no es epifenómeno sino corazón del fenómeno, y que el reconocimiento de la incongruencia es solo la mecha. Sin combustión, la mecha no es nada.

La pregunta que dobla

Aquí está el cuello del asunto.

Si entender un chiste es solo identificar dos marcos en colisión y describir cómo colisionan, la IA entiende todos los chistes. Mejor que tú. Sin esfuerzo, sin pertenencia, sin error. Si entenderlo incluye sentir la descarga corporal, el acoplamiento con un grupo presente y la calibración fina del umbral entre violación y benignidad, la IA no entiende ninguno y probablemente nunca entenderá, porque le faltan las condiciones físicas y sociales.

Lo que cuesta firmar cualquiera de las dos

Las dos opciones son incómodas y por eso casi nadie las firma con claridad. La primera obliga a aceptar que la mejor inteligencia disponible no se ríe nunca, y que esa ausencia es un hueco real, no un detalle estético. La segunda obliga a aceptar que la comprensión, al menos en este territorio, no es separable del cuerpo, y por tanto no es algo que una máquina sin cuerpo pueda alcanzar por mucho que se le pongan parámetros y datos. Cualquiera de las dos rompe la idea cómoda de que la IA va a entendernos progresivamente mejor a medida que entrenamos modelos más grandes.

El humor no es capricho lateral en esta discusión. Es la prueba más limpia. No hay otra zona de la mente humana donde la disociación entre fluidez técnica y comprensión real sea tan visible y tan rápida. Un párrafo filosófico mal copiado se nota a las tres lecturas. Un chiste mal contado se nota a la primera y produce vergüenza ajena instantánea, que es la señal de que el cuerpo del oyente ha detectado algo que el del que cuenta no estaba sintiendo.

Mientras los estudios de evaluación intentan medir comprensión con tests de selección múltiple, hay una prueba doméstica más antigua y más cruel. Cuenta un chiste. Si el oyente se ríe sin que tengas que explicar nada, entendió. Si no, no. Y si el que cuenta es una máquina, no se va a reír antes que tú para confirmar el éxito. Eso, en el chiste, lo cambia todo.

Definiciones

Bisociación. Término acuñado por Arthur Koestler en The Act of Creation (1964) para nombrar la operación mental que sostiene simultáneamente dos marcos de referencia normalmente incompatibles. Es el mecanismo común, según Koestler, al chiste, al descubrimiento científico y a la metáfora poética.

Violación benigna. Traducción del inglés benign violation. Teoría del humor propuesta por A. P. McGraw y C. Warren (2010) según la cual algo resulta cómico cuando vulnera una norma sin llegar a producir amenaza real. La franja entre lo demasiado suave y lo demasiado grave es estrecha y depende del observador.

Modelo grande de lenguaje. Sistema informático entrenado con grandes cantidades de texto humano para predecir y generar lenguaje natural. En inglés Large Language Model o LLM. ChatGPT, Claude y Gemini son ejemplos.

Epifenómeno. Efecto que acompaña a un proceso causal sin formar parte de él ni intervenir en su resultado. En filosofía de la mente, se discute si la conciencia es un epifenómeno del proceso neuronal o componente activo del mismo.

Calambur. Juego verbal que aprovecha la doble lectura de una secuencia de sonidos o sílabas para producir un sentido inesperado. Es uno de los recursos cómicos más antiguos y de los que mejor reproducen los modelos grandes.

Referencias

Koestler, A., The Act of Creation (Hutchinson, 1964). Fuente del concepto de bisociación y de la lectura del chiste como caso particular del acto creativo.

Bergson, H., Le Rire. Essai sur la signification du comique (Alcan, 1900). Tratado clásico de la teoría mecánica de la risa.

Freud, S., Der Witz und seine Beziehung zum Unbewussten (Deuticke, 1905). Teoría del chiste como descarga de energía psíquica reprimida.

Hobbes, T., Leviathan (1651). Formulación clásica de la teoría de la superioridad como origen de la risa.

Provine, R. R., Laughter: A Scientific Investigation (Viking, 2000). Base empírica para la lectura de la risa como conducta motora social, no como respuesta a la incongruencia cognitiva.

McGraw, A. P. y Warren, C., «Benign Violations: Making Immoral Behavior Funny», Psychological Science 21 (2010), pp. 1141-1149. Formulación contemporánea de la teoría de la violación benigna.

Hessel, J., Marasović, A., Hwang, J. D., Lee, L. et al., «Do Androids Laugh at Electric Sheep? Humor 'Understanding' Benchmarks from The New Yorker Caption Contest», Proceedings of ACL (2023). Disponible en arXiv:2209.06293. Evaluación empírica del rendimiento de modelos grandes en tareas de humor.

También te interesa

En otros sitios

Comentarios · 0

Aún sin comentarios

Aún no hay comentarios. Sé el primero.

Deja un comentario

Suscríbete al boletín