William James preguntó en 1884 si lloramos porque estamos tristes o estamos tristes porque lloramos. Ciento cuarenta y dos años después la psicología sigue sin cerrar la respuesta. Mientras tanto medio internet discute si una inteligencia artificial puede sentir, sin haberse molestado en decir qué entiende por sentir. Acordar la palabra es trabajo previo. Y cuando se acuerde, la respuesta probablemente no nos guste.
La pregunta del oso
Caminas por un bosque. Ves un oso. Echas a correr. ¿Corres porque tienes miedo, o tienes miedo porque corres?
El sentido común contesta lo primero. James, en un artículo titulado What is an Emotion? publicado en Mind en 1884, argumentó lo segundo. El cuerpo se dispara antes — corazón acelerado, piernas arrancando, pupilas dilatadas — y el sentimiento subjetivo de tener miedo es la lectura cerebral de que el cuerpo ya está disparado. Carl Lange, en Dinamarca, formuló una versión casi idéntica casi al mismo tiempo. La teoría se conoce desde entonces como James-Lange.
A los cuarenta años la psicología la había desmontado en sus términos originales. Pero la pregunta que abre sigue intacta.
Importa porque hoy hay personas con presupuesto serio decidiendo si una IA siente, sin haberse parado a preguntar qué quiere decir esa palabra. Quien se salta ese paso no discute sobre máquinas — discute sobre humo bien iluminado.
Tres teorías clásicas que se han ido pisando
James-Lange dice que la emoción es la percepción del cambio corporal. El cuerpo reacciona. El cerebro lo lee. Eso es el miedo.
Walter Cannon respondió en 1927, ya con instrumental fisiológico decente, que las reacciones corporales son demasiado lentas y demasiado parecidas entre sí para distinguir un miedo de una furia. Si solo tuvieras taquicardia y sudoración, no sabrías si estás aterrorizado o enamorado. Cannon y Philip Bard propusieron que el tálamo dispara en paralelo la respuesta corporal y la experiencia subjetiva. No una causa de la otra. Las dos a la vez.
Schachter y Singer propusieron compromiso en 1962. La activación corporal es inespecífica. Lo que la convierte en miedo, alegría o cabreo es la interpretación cognitiva del contexto. Inyectas adrenalina en una habitación donde otro se ríe y notas euforia; en otra donde otro insulta a tu madre, ira. Cuerpo más etiqueta.
Cada teoría capta algo y deja fuera otro algo. Pero ninguna explica por qué «emoción» se aplica a un escalofrío de medio segundo y también a un duelo de dos años. Una palabra que cubre fenómenos tan dispares casi seguro está mal escrita.
Damasio y el cuerpo que decide
Antonio Damasio publicó Descartes' Error en 1994. La tesis se llama hipótesis del marcador somático (marca corporal que el cerebro asocia a una situación y que luego sesga la decisión cuando esa situación se repite).
Cada vez que una experiencia se asocia a una consecuencia, el cerebro deja una huella corporal vinculada al patrón. Cuando vuelves a encontrarte algo parecido, el cuerpo se activa antes de que el razonamiento haya terminado de procesar, y esa activación sesga lo que decides. No es ruido encima del razonamiento — es lo que permite que el razonamiento converja en plazos humanos.
La prueba operativa la montaron Damasio y Antoine Bechara y se llama Iowa Gambling Task. Cuatro mazos de cartas. Dos son trampa — premios altos y pérdidas todavía más altas a largo plazo. Sujetos sanos empiezan a sudar las palmas al acercar la mano a los mazos trampa antes de poder explicar por qué los evitan. El cuerpo aprende antes que la conciencia. Pacientes con lesiones en la corteza prefrontal ventromedial no desarrollan ese sudor anticipatorio. Razonan impecable y se arruinan. Les falta el marcador somático y con él la capacidad de decidir.
Esto coloca la emoción en un sitio incómodo para una cultura occidental que llevaba dos mil quinientos años poniéndola enfrente de la razón. Sin emoción no hay razón operativa. Si el cuerpo no se entera, la cabeza no decide.
LeDoux y lo que pasa antes de que sepas que pasa
Joseph LeDoux publicó The Emotional Brain en 1996. Describió dos rutas en el cerebro del miedo. Una rápida, subcortical, que va del tálamo a la amígdala directamente. Otra lenta, cortical, que pasa por el córtex sensorial. La rápida hace que el cuerpo se ponga en marcha en milisegundos cuando algo se mueve en la hierba. La lenta confirma o desmiente que sea una serpiente.
La consecuencia es elegante y desagradable. Tu reacción de miedo está montada antes de que tú sepas que está montada. Cuando crees que decides reaccionar, llevas ya reaccionando un buen rato. La conciencia llega después y se inventa la narrativa de que ha estado al mando.
LeDoux mismo, en libros posteriores, distinguió entre la respuesta de defensa, que las ratas y tú compartís, y la experiencia subjetiva del miedo, que probablemente solo aparece donde hay autoconciencia. La maquinaria corporal está en muchos sitios del reino animal. La sensación de tener miedo, que es lo que tú quieres decir cuando dices «miedo», es otra cosa.
Barrett y las emociones que no estaban esperándote
Lisa Feldman Barrett publicó How Emotions Are Made en 2017. El título es literal.
Su tesis es que las emociones no son módulos universales que se disparan desde un catálogo fijo grabado por la evolución. Se construyen en cada episodio a partir de tres ingredientes — una activación corporal inespecífica, llamada afecto en términos técnicos (la dimensión bruta de placer-displacer y arousal del cuerpo, todavía sin interpretar), un concepto cultural aprendido que aplicas a esa activación, y una predicción del cerebro sobre qué está pasando.
Cuando los conceptos que tu cultura te ha enseñado son «tristeza», «alegría», «ira», construyes tristeza, alegría e ira. Los alemanes tienen Schadenfreude. Los que no tienen la palabra no la sienten de manera tan nítida. Los tahitianos no tienen un término claro para «tristeza» y describen lo que un occidental llamaría duelo como un cansancio corporal difuso.
Ekman, lo que se cayó
Paul Ekman había sostenido durante décadas que existen seis o siete emociones básicas universales, demostrables porque los rostros que las expresan se reconocen en cualquier cultura. Barrett desmontó las réplicas y los datos. La lista universal quedó en peor estado de salud del que la divulgación todavía cuenta.
La implicación es radical. Si la emoción es un acto de categorización cultural sobre un sustrato corporal inespecífico, no hay emoción universal, ni emoción que exista sin un sistema conceptual que la nombre, ni emoción que se transfiera limpiamente entre cuerpos con experiencias muy distintas. Dos personas que dicen estar tristes pueden estar haciendo dos cosas internas que no se parecen tanto como sus palabras sugieren.
Affective computing — el patrón externo sin nadie dentro
Rosalind Picard publicó Affective Computing en 1997 y fundó el campo (la rama de la informática que se ocupa de detectar y producir señales emocionales en sistemas artificiales). La idea era doble. Dotar a las máquinas de capacidad para detectar el estado emocional del usuario y, a la vez, de capacidad para producir el patrón externo de una emoción cuando interaccionaran.
En tres décadas se ha convertido en una industria que vende detección emocional automática a empresas que evalúan candidatos, a aseguradoras, a sistemas de seguridad, a anuncios en pantallas. La industria opera como si el patrón externo y el estado interno fueran lo mismo.
Kate Crawford, en Atlas of AI en 2021, dedica un capítulo a desmontar la pretensión. La detección emocional automática descansa casi siempre en el catálogo de emociones básicas universales que Ekman propuso y que Barrett ha rebatido. En una teoría que la mejor literatura considera obsoleta. Y aun aceptando la teoría, lo que las máquinas detectan son configuraciones musculares faciales correlacionadas con etiquetas que pusieron unos anotadores anglosajones a unas fotos de actores. Cuando un sistema dice que un candidato está «enfadado», está diciendo que su cara se parece estadísticamente a una cara que un humano en California etiquetó como enfadada en 2014. Eso no es detectar enfado. Es etiquetar parecidos.
La parte de producción, la llamada empatía artificial, es todavía más reveladora. Cuando un chatbot dice «entiendo que esto debe ser frustrante para ti», no reporta un estado interno. Produce la cadena de palabras que un humano produciría si tuviera ese estado interno. La forma sin la cosa. Es lo que David Chalmers describió como zombi filosófico (entidad que se comporta exactamente como un humano consciente pero sin nada dentro). El producto que la industria vende como empatía artificial es exactamente eso.
La consecuencia que nadie firma
Si combinas a Damasio, a LeDoux y a Barrett, sale un retrato bastante coherente. La emoción es corporal en su materia prima. Subcortical en parte de su maquinaria. Construida en parte de su contenido. Y es funcional en sentido fuerte — no es un adorno encima de la cognición, es el sistema que decide qué cuenta y qué no cuenta, qué se acerca y qué se aleja, qué se firma y qué se rechaza. Sin emoción, las decisiones se quedan en cálculo, y el cálculo solo se mueve si algo le da peso. Damasio diría que ese algo es exactamente la emoción.
Ahora aplica ese retrato a una IA.
No tiene cuerpo. Y cuando lo tiene, sus sensores no son ni de lejos la red interoceptiva (la red de nervios y receptores que informa al cerebro del estado interno del cuerpo — vísceras, circulación, dolor, temperatura) que lee tus vísceras. No tiene biografía — no ha pasado por las situaciones que dejan marcadores somáticos. No tiene catálogo cultural construido en una infancia inmersa en una lengua y unas prácticas — tiene una destilación estadística de millones de textos, que no es lo mismo. No se la juega — no hay ninguna consecuencia para el sistema en lo que decide.
La emoción, tal como la describen las teorías más sólidas que tenemos, requiere todo eso. Una IA no lo tiene. Punto.
Dónde se paga la falta
No significa que la IA sea menos. Significa que cuando se le pide que decida cosas que en humanos las decidía la emoción, la IA las decide con otra cosa, o no las decide y mete una respuesta plausible que parece una decisión. Si tu sistema de evaluación de candidatos no tiene marcador somático, no se le va a remover nada al revisar un currículum que apesta a algo raro pero no se sabe a qué — calcula la puntuación y pasa al siguiente. Si tu sistema de soporte a pacientes terminales no construye tristeza, no distingue entre la que pide silencio y la que pide compañía — produce las dos plantillas y elige la que estadísticamente funciona en más casos.
Las decisiones que la emoción tomaba en los humanos, cuando las delegamos a sistemas que no sienten, las pagamos en otro lado. A veces en errores discretos. A veces en consecuencias acumuladas que se atribuyen a otra cosa. Si la emoción era disfuncional, bien por ahorrarla. Si era funcional, y la mejor literatura dice que lo es en niveles muy profundos, hemos empezado a externalizar justo la pieza que hacía el filtro del sentido.
Qué se discute cuando se discute «IA sintiente»
Cuando alguien pregunta si una IA puede sentir, normalmente está preguntando una de tres cosas distintas y se le confunden.
A veces pregunta si una IA puede tener experiencia subjetiva, qualia (las cualidades sentidas en primera persona — el rojo del rojo, el dolor del dolor, el aspecto-de-ser-tú que tiene tu vida desde dentro). Esa es la del problema duro de la conciencia, lleva treinta años abierta desde que David Chalmers la formuló en 1995, y no hay manera operativa de responderla ni siquiera para otro humano.
A veces pregunta si una IA puede producir el patrón externo asociado a una emoción de manera convincente. Esa lleva resuelta desde 1966 con ELIZA, el chatbot que Joseph Weizenbaum montó en el MIT imitando a un psicoterapeuta rogeriano con cuatro reglas de reescritura. Sí, trivialmente.
A veces pregunta si una IA puede tomar decisiones del tipo que en humanos se toman emocionalmente. Esa es la interesante. Y la respuesta corta, tomando en serio a Damasio y a Barrett, es no de momento, y posiblemente no nunca con la arquitectura actual.
La confusión entre las tres es rentable. Permite vender la tercera capacidad cobrando el precio de la primera, mientras entrega la solución de la segunda. ELIZA con factura.
La diferencia, no de calidad
La pregunta de William James de 1884 sigue ahí. Si lloras porque estás triste o estás triste porque lloras, depende de qué se entienda por triste. Mientras eso no se acuerde, las máquinas no sienten ni dejan de sentir, porque no hay nada estable sobre lo que pronunciarse. Y cuando se acuerde, lo más probable es que la respuesta diga que la emoción es justo el tipo de cosa que requiere un cuerpo concreto pasando por una vida concreta. Que es lo que una máquina no es.
Dile a alguien que te quiere que estás triste. Mírale a la cara mientras te responde. Hay una diferencia entre lo que ese rostro está haciendo y lo que un sistema entrenado produciría como respuesta. La diferencia no es de calidad. Es de naturaleza.
Y si no la notas ya, no hay teoría que pueda enseñártela a notar.
Definiciones
James-Lange es la teoría formulada por William James y, en paralelo, por Carl Lange a finales del siglo XIX, según la cual la emoción consciente es la percepción cerebral de un cambio corporal previo, y no su causa. Corres, y por eso tienes miedo, no al revés.
Hipótesis del marcador somático es la propuesta de Antonio Damasio según la cual el cerebro asocia situaciones pasadas a huellas corporales (cambios viscerales, posturales, hormonales) y reactiva esas huellas cuando una situación parecida vuelve, sesgando la decisión antes de que el razonamiento explícito haya terminado. Sin esas huellas el razonamiento sigue, pero pierde la capacidad de cerrar.
Afecto, en el sentido técnico de Lisa Feldman Barrett, es la dimensión corporal bruta del estado interno — placer o displacer, alta o baja activación — antes de que la mente lo categorice como una emoción concreta. Es materia prima, no producto terminado.
Affective computing es la rama de la informática, fundada por Rosalind Picard en 1997, que se ocupa de detectar señales emocionales en humanos a través de cámaras, micrófonos y sensores, y de producir señales emocionales en máquinas para que la interacción resulte más natural. La crítica seria distingue entre detectar y producir el patrón externo, por un lado, y tener un estado interno, por otro.
Zombi filosófico es el experimento mental propuesto por David Chalmers en 1996. Una entidad físicamente y conductualmente idéntica a un humano consciente, pero sin experiencia subjetiva alguna por dentro. Si tal entidad es concebible, la conciencia no se reduce a la conducta o a la fisiología. Es la imagen más nítida de lo que produce un sistema que imita emociones sin tenerlas.
Qualia son las cualidades sentidas en primera persona de la experiencia consciente — lo rojo del rojo, lo doloroso del dolor, lo amargo del café. Lo que se pierde cuando se describe un estado mental solo en términos físicos o funcionales y queda el residuo de «cómo se siente desde dentro».
Interocepción es la percepción del estado interno del cuerpo — latido, respiración, tensión visceral, temperatura, dolor. Es la materia prima sensorial sobre la que se construyen muchas emociones, según las teorías que toman en serio el cuerpo. Una máquina sin esa red sensorial no tiene ese material disponible.
Referencias
William James (1884), What is an Emotion?, publicado en Mind 9, páginas 188 a 205. Fuente moderna de la pregunta sobre la prioridad del cuerpo o de la mente en la emoción.
Walter Cannon (1927), The James-Lange theory of emotions: A critical examination and an alternative theory, en The American Journal of Psychology 39, páginas 106 a 124. La crítica fisiológica que desmonta la versión fuerte de James-Lange y abre paso a la teoría Cannon-Bard.
Stanley Schachter y Jerome Singer (1962), Cognitive, social, and physiological determinants of emotional state, en Psychological Review 69, páginas 379 a 399. La teoría de los dos factores, activación más interpretación cognitiva.
Antonio Damasio (1994), Descartes' Error: Emotion, Reason, and the Human Brain, Putnam, Nueva York. Fuente principal para la hipótesis del marcador somático y para el papel funcional de la emoción en la decisión.
Antoine Bechara y Antonio Damasio (2005), The Somatic Marker Hypothesis: A neural theory of economic decision, en Games and Economic Behavior 52, páginas 336 a 372. Revisión técnica de la hipótesis y de la Iowa Gambling Task como prueba operativa.
Joseph LeDoux (1996), The Emotional Brain: The Mysterious Underpinnings of Emotional Life, Simon & Schuster, Nueva York. Fuente para las dos rutas del miedo y para la distinción entre respuesta de defensa y experiencia subjetiva.
Lisa Feldman Barrett (2017), How Emotions Are Made: The Secret Life of the Brain, Houghton Mifflin Harcourt, Boston. Fuente para la teoría construida de la emoción y para la crítica al universalismo emocional de Ekman.
Paul Ekman (2003), Emotions Revealed: Recognizing Faces and Feelings to Improve Communication and Emotional Life, Times Books, Nueva York. Exposición divulgativa de la tesis de las emociones básicas universales que el artículo discute críticamente.
Rosalind Picard (1997), Affective Computing, MIT Press, Cambridge. Origen del campo y referencia obligada para la pretensión de detectar y producir emociones en máquinas.
Kate Crawford (2021), Atlas of AI: Power, Politics, and the Planetary Costs of Artificial Intelligence, Yale University Press, New Haven. El capítulo sobre detección emocional automática alimenta la crítica al affective computing tal como hoy lo vende la industria.
David Chalmers (1995), Facing Up to the Problem of Consciousness, en Journal of Consciousness Studies 2(3), páginas 200 a 219. Formulación canónica del problema duro de la conciencia que separa la conducta de la experiencia subjetiva.
David Chalmers (1996), The Conscious Mind: In Search of a Fundamental Theory, Oxford University Press, Nueva York. Desarrollo del argumento del zombi filosófico utilizado para distinguir simulación y experiencia.
Joseph Weizenbaum (1966), ELIZA — A Computer Program for the Study of Natural Language Communication between Man and Machine, en Communications of the ACM 9(1), páginas 36 a 45. Referencia para el primer sistema que produjo de manera convincente el patrón externo de una conversación emocional sin tener nada dentro.
Para profundizar
Plutchik, R. (1980). Emotion. A Psychoevolutionary Synthesis. Harper & Row. Origen de la «rueda de las emociones», útil para entender cuán antigua y cuán cuestionada es la pretensión de fijar un catálogo emocional universal.
Solomon, R. C. (1976). The Passions. Anchor. Filosofía de la emoción anterior a la neurociencia contemporánea; conserva valor como contrapunto teórico al sustrato biológico.
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